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Sri Lanka: la pesca de cada día

Los vimos desde la carretera, en una bahía cuyo nombre no aparecía en nuestro mapa, en la costa sur de Sri Lanka.

       Arrimados a la playa, ocho hombres tiraban de una cuerda que rebatían al mar. Formaban dos filas paralelas distantes de unos treinta metros. Viejos y jóvenes confundidos, producían un esfuerzo continuo que no se entendía a primera vista. La cuerda seguía saliendo de las últimas olas que se aplastaban en la orilla. A lo lejos, frente a ellos, una barca parecía estar faenando.

       A medida que la soga se alargaba, más hombres llegaban, la agarraban y empezaban a tensar los músculos. Algunos llevaban una toalla enrollada en pos de sombrero, otros se tapaban con una tela blanca que envolvía el cuerpo cintura por abajo. De vez en cuando, miraban hacia nosotros, divertidos por nuestra sorpresa. Picados por la curiosidad, decidimos esperar más.

      Pasó una hora.

      Los hombres se sustituían sin orden. Sencillamente se cansaban y se iban. Al poco rato otros cogían el relevo.

Pasó otra hora.

De pronto empezamos a notar la red en el agua. La embarcación, provista de flotadores de madera a cada lado, se había alejado después de soltar por completo la red que los hombres arrastraban lentamente desde la madrugada. El desenlace de la pesca se acercaba. Cada vez se veía más el movimiento de los peces atrapados en las mallas que se deslizaban inexorablemente hacia la playa.

Cuando la pesca quedó bien a la vista sobre la arena mojada, los manos soltaron las cuerdas y todo el mundo se acercó, sin prisas, al botín. El dueño de la barca también se abría camino para valorar la mercancía destinada al mercado local.

Para los hombres de la playa había llegado la hora de cobrar la labor de toda la mañana. Lentamente, se agacharon, cogieron un puñado de peces, y se fueron, sin más.

                                                            Copyright texto y foto: Nelisa