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 Luxemburgo: El mal de Echternach

 

Pese a su nombre, el Gran Ducado de Luxemburgo no es grande, ya se sabe, pero reserva sorpresas mayúsculas. 

      Echternach, por ejemplo, es una pequeña ciudad abacial que presta sus calles a la curiosa procesión de los “peregrinos saltadores”.  

      Cada martes de Pentecostés, cogidos de un pañuelo blanco, se dirigen hasta la tumba de San Willibrord, el monje evangelizador que fundó la abadía benedictina de Echternach. A ratos saltan, brincan, gesticulan… parecen enloquecer. Estas demostraciones corporales inhabituales para una manifestación religiosa han suscitado más de una investigación. 

      El origen de esa extraña procesión podría ser una danza terapéutica medieval en la que los enfermos potenciales intentaban prevenir las crisis epilépticas conocidas durante la Edad Media como el “mal de Echternach”. 

      En estas curas empíricas, la música jugaba un papel destacado. A fin de alejar el mal, imitaban sus efectos obsesivos utilizando unas frases musicales extraídas de una vieja melodía alemana, tipo polca, que todos los instrumentos de la banda repetían incansablemente. La mente, temporalmente alterada, perdía el control sobre el cuerpo que entraba en un estado de semi transe como sucede en ceremoniosa rituales africanas o en espectáculos de grupos de hard rock. 

      Dicen que se trataba de engañar a la Enfermedad haciéndole creer que el cuerpo ya estaba cogido por el Mal. Algo como hacer el muerto para evitar los disparos en una situación de guerra.

      Hoy en día, la procesión ya no es curativa sino festiva, por supuesto. Para todos los participantes – prelados, músicos, bailarines y espectadores -, el simulacro de un intento desesperado para salvar la integridad del alma acaba con alegría alrededor de unacopa de vino o de una jarra de cerveza.

                                                    Copyright texto y foto: Nelisa