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Holanda: Ciudades con sabor a
queso

Tres ciudades holandesas, Gouda, Edam y
Alkmaar recibieron hace muchos siglos el privilegio de organizar un
mercado de quesos.
A pesar de la industrialización, los gremios queseros siguen
fielmente la tradición. En barco, por los canales rústicos de los
pueblos, o en carro, por las calles bordeadas con aguilones de
ladrillos, llegan los cargamentos de quesos, suaves y tiernos, redondos
y pulidos, que los portadores extienden formando una inmensa alfombra
amarilla.
Curiosamente, no se desprende ningún olor particular. Sorprende
también la ausencia de esas envolturas de cera roja tan familiares en
los mercados extranjeros. Es que justamente sólo se usan para los quesos
destinados a la exportación.
En Alkmaar, en cuanto se oye la campana del Peso Público,
empiezan las transacciones. Los negociantes controlan el queso sacando
una muestra cilíndrica con una sonda. Lo huelen, lo catan y lo trituran
entre sus dedos para determinar su calidad y establecer su precio.
A pesar de los matices francamente turísticos del acontecimiento
comentado en holandés, en alemán, inglés, francés y, a veces en
castellano, el mercado sigue desempeñando una función económica.
Al mediodía todos los quesos han desaparecido. Alrededor de la
plaza vacía permanecen expuestos los zuecos pintados, los cuadros de
encaje y los molinos de óleo que los artesanos locales ofrecen a los
turistas que se han quedado sin espectáculo.
Los protagonistas de la fiesta por fin pueden respirar.
Desgastados por los esfuerzos, descansan delante de una copita en las
terrazas abandonadas. Sonríen con satisfacción, con la mirada puesta en
el recuerdo de la mañana transcurrida. De vez en cuando parecen
despertarse de un sueño y saludan a los turistas rezagados a quienes la
fiesta ha sabido a poco.
Copyright texto
y foto: Nelisa |