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Costa de Marfil: El mercado de
Treichville

Si los
rascacielos de cristal de Abidjan forman una especie de Manhattan
africano, el barrio de Treichville se define como un pequeño Harlem.
Pasear por
las callejuelas abigarradas del mercado al aire libre de la capital de
Costa de Marfil, supone un intenso ejercicio sensorial.
Una humedad
bochorna y pegajosa empaña la atmósfera. Aquí se mezclan y se pelean los
olores a café y cacao, a frutas y especies, a sudor y agua estancada, a
esencias y desperdicios. La vista se emborracha con los tonos vivos de
los tejidos y con las formas y los tamaños de unos legumbres
sorprendentes.
Los gritos de los
vendedores alternan con la charlas entre clientes. Anunciar la venta ya
es vender. Por razones casi místicas, la palabra es reina y
todopoderosa. Una cosa dicha está virtualmente hecha. Hacerla de verdad
es una tarea menor, casi degradante, que puede esperar. Una faena de
mujeres. Es lo que afirman algunos hombres. Y para dominar el arte del
malabarismo verbal tan bien como ellos hay que practicar el regateo con
seriedad y respeto.
Para saciar
los sentidos, se prueba el sabor del pescado recién frito o de los
plátanos asados en plena calle.
Plátanos, es
lo que transportaba esa niña que andaba con la mirada puesta en el
horizonte. No parecía notar la carga apoyada en un pañuelo enrollado
sobre su cabeza. En realidad, el mérito del equilibrio del bulto se
debía a la flexibilidad del cuerpo, a las ondulaciones de la cintura y
al balanceo de los brazos. Cada paso hacía resaltar una fabulosa soltura
física.
Este modo de
cargar las cosas conviene de maravilla a una gente de naturaleza
tranquila que odia los movimientos bruscos. En Treichville, pese a los
conflictos, nadie corre, nadie empuja, y la vida cotidiana transcurre
sin adornos para turistas.
Copyright texto
y foto: Nelisa |