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                      Sudáfrica: El Rovos Rail


 

La mayor exquisitez del Rovos Rail es sin duda el tamaño de la cama del compartimiento privado que brinda un alojamiento 10. La habitación de este tren de lujo no tiene televisor ni radio pero el espectáculo se proyecta en sesión continua a través de las ventanillas. Tampoco cuenta con teléfono para despertar a los amantes de Morfeo aunque de ello se encarga los trenes de mercancía que pasan como una manada de elefantes. Los más nostálgicos prescinden de buen grado del aire acondicionado y aguantan los calores de febrero y los fríos de agosto que caracterizan esta parte del hemisferio sur.

Este hotel rodante que recorre 400 km sin prisa ninguna, lleva a sus pasajeros de Pretoria, la capital sudafricana, hasta el parque Kruger donde se organizan los safaris fotográficos. Es la joya más preciada del señor Rohan Vos que ha bautizado a su compañía de ferrocarriles con el principio y el final de su nombre: Ro-Vos Rail.

Mientras los empleados de la estación de Pretoria desenrollan una alfombra roja al pie de los coches y las azafatas preparan las copas de vino espumoso, los mecánicos miman a Tiffany, la pequeña locomotora a vapor que se encarga de los primeros kilómetros del recorrido. Al poco rato se ve derrotada por el diesel y la electricidad. Ya no hace falta cargar el carbón a mano, ni transportar el agua de las calderas en enormes cisternas. Han pasado a la historia las paradas asmáticas cuando, cada cien kilómetros, había que realizar un laborioso trabajo de abastecimiento que inmovilizaba al tren durante tres o cuatro horas. Se han esfumado las hileras de vapor que engalanaban los trenes. Hoy en día, los pasajeros buscan en vano las legendarias gafas protectoras que tenían que ponerse para asomarse a la ventanilla.

La ilusión del aventurero parece desvanecerse hasta la aparición de Ilse, una azafata con aires de princesa de las nieves. Habla perfectamente inglés y afrikaans y sabe algunas palabras de zulú, tres de los once idiomas oficialmente reconocidos en la República de Sudáfrica. Cuelga un albornoz en la puerta de la ducha, deja sobre la mesita de noche un spray contra los mosquitos y antes de marcharse, recomienda cerrar las cortinas de madera durante las paradas para evitar los robos. “Lo que los ojos no ven, el corazón no anhela” suele comentar el Sr Vos en su discurso de despedida.

Los primeros momentos en la suite son los más impactantes. El balanceo forzado del tren deleita y el crujido de la madera que cubre integralmente la cabina produce una sensación encantadora. La mirada se deja llevar por horizontes de suburbios, minas y solares polvorosos. Aún queda lejos el verdor del parque natural.

Cuando el cuerpo se despereza, uno se acerca al salón panorámico cuya biblioteca custodia las memorias de Nelson Mandela. Tras los aperitivos de rigor con los compañeros de ruta, todo el mundo se dirige al vagón restaurante donde se sirven la carne de avestruz del Karoo y los vinos blancos de Paarl.

Luego vienen las largas charlas con los viajeros afortunados que comprueban la veracidad del eslogan publicitario del Rovos Rail que promete “comodidad, seguridad y estética al servicio de una aventura con guantes de seda”.

                                                 Copyright texto y foto : Nelisa