9 Fotos que valen más que palabras Cuéntame tu viaje
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Acampadas
Cada camping acuña un sello distintivo a un viaje, a una ciudad, a un país. De Andalucía, recuerdo el zumbido de los aviones sevillanos. Con la oreja pegada al aeropuerto, no era fácil soñar con el Alcázar. Suena poco romántico, pero cuando hay que ir de la estación al camping a pie o en autobús, uno se conforma con el primer terreno que encuentra. Al dormir en el suelo, el cuerpo castigado se sensibiliza y los detalles se almacenan según el grado de malestar del campista. De la primavera granadina sólo me queda la sensación de una tierra fría y húmeda que traicionaba la omnipresencia de la Sierra Nevada. De Frankfurt, mi cuerpo conserva el recuerdo de un suelo duro como el asfalto, una tierra de nadie entre filas de coches (es que viajar barato puede tener un precio muy alto). En Helsinki, sí que sobraba el espacio. Desgraciadamente también pululaban los mosquitos que había que cazar hasta el último para descansar minimamente. En el Cabo Norte, más que el sol de medianoche, me impresionó la fuerza del viento que nos despertó en plena noche, arrastrando nuestra tienda iglú con todos sus ocupantes a dentro. Los Pirineos evocan para mí un lugar perdido entre dos fronteras donde la noche y el cansancio nos obligaron a rendirnos antes de llegar al camping. Así que dormimos en una cuneta, envueltos en una tienda desplegada en el suelo. Aún me pregunto si era legal. Sin embargo, pese a todas las molestias y borrando todas las críticas, el camping siempre quedará asociado a diez minutos paradisíacos, sentados a orillas de un lago canadiense, frente a un amanecer de ensueño. Este recuerdo visual imborrable bien vale una larga lista de anécdotas falsamente desalentadoras. Copyright texto y foto: Nelisa
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