9 Fotos que valen más que palabras Cuéntame tu viaje
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Vértigo aéreo
Siempre me han hecho sonreír los viajes de los americanos del norte que dan la vuelta a Europa en una semana. Ponen su reloj a la hora de Big Ben, dan un paseo por los canales de Ámsterdam, cruzan la puerta de Brandenburgo (antes miraban el Muro desde el autobús), pisan las playas del desembarco en Normandía o/y suben a la Torre Eiffel, admiran las obras de Miguel Ángel en el Vaticano y gastan el poco tiempo restante en las tiendas de lujo. Los japoneses hacen algo parecido a menor escala: Madrid, Toleda, Sevilla, Granada y Barcelona en cinco días. Un récord de descanso para un pueblo que hay que multar si se niega a tomar sus vacaciones (un prototipo de entrega profesional que degenera en adicción). En el fondo, la culpa de esta orgía geográfica la tienen los medios de transporte. Al desplazarnos más rápidamente, la tierra encoge. Ya no nos enamoramos de los chicos del barrio de al lado, ni siquiera del pueblo más próximo. Vamos a buscar novios en países extranjeros, y si hay que cambiar de continente, aún más emocionante. ¡Luego, habrá más motivos para suspirar. Con los viajes, pasa lo mismo. Cuando se presentó la oportunidad de conocer Australia, queríamos descubrir de golpe un territorio quince veces más grande que España. Al final, decidimos dejar de lado los focos turísticos como la roca Ayer, Sydney y la gran barrera de arrecifes, para recorrer los caminos menos trillados: de los Territorios del Norte a la isla de Tasmania pasando por la costa oeste. Aún así, era un caso de bulimia kilométrica. En dos semanas, cogimos dieciséis aviones. Cuatro de ida con cambios en Londres, Los Ángeles y Singapur (hay viajeros astutos que se dedican a visitar las escalas como si fueran metas de por sí); una avioneta de Durban al parque Kakadu para ver el país de Cocodrilo Dundee; otra hasta Katherine para seguir los pasos de un guía aborigen. Después de nuestra iniciación al bush australiano, topamos con la clásica aberración administrativa. Y por falta de coordinación entre las oficinas de turismo que organizaban los traslados, tuvimos que coger dos aviones más para alcanzar las formaciones rocosas del Bungy Bungy. ¡Algo como ir de Figueres a Barcelona pasando por Madrid! La gloria para los viajeros a quienes les chiflan las horas de tránsito en los aeropuertos. Las distancias australianas dan vértigo y, volamos, cómo no, de Katherine a Perth, de Perth a Hobart, de Hobart a Melbourne, y cuatro veces más hasta casa. De todo este mareo aéreo, el colmo fue la excursión que nos propusieron en Perth: 1600km de ida y vuelta en avioneta para ver un delfín salvaje que pone a prueba la paciencia de los turistas apurados. Si no aparece, el balance del día se reduce a seis horas en un parajito de metal para comprobar que la arena de Shark Bay en Monkey Mia tiene el mismo color que en Perth.
Los australianos no caminan, vuelan. Agárrese quien pueda. |
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