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Jaque al Viaje

Cuando los niños dan lecciones     

 

 En medio de la carretera de Sri Lanka, entre coches y elefantes, un adolescente vendía paisajes como este lago cerca de Dambulla.
       - ¡Cómprame un cuadro, es muy bonito! repetía.
       Lo que ofrecía era tanto una ilusión óptica como una lección de vida.
    

         Ya habíamos visto los templos más emblemáticos de Sri Lanka pero me empeñaba en visitar el de Zambulla, por gula turística y también por una anécdota curiosa que había leído.

          En todo el país, los turistas estaban autorizados a sacar fotos de los budas con la única condición de que no se pusieran de espalda a la estatua. No obstante, los monjes de este lugar sagrado se negaban rotundamente a cualquier disparo desde que un periódico norteamericano había publicado el retrato de un viajero sentado en la falda del buda de la gruta de Zambulla.

          El templo en la roca estaba escondido arriba de un montículo cuya escalera de acceso, esculpida en la piedra, era agotadora. Pegaba el sol de mediodía, lo que no parecía perturbar a los vendedores de sandía cortada, a los monos curiosos y a los mendigos soñolientos.

          Parábamos en la sombra oscura de cada árbol para descansar y discutir una y otra vez la necesidad de visitar un templo que no pertenecía a la ruta del triángulo cultural que era nuestra meta. A pesar de todo, seguíamos adelante, un poco por conciencia profesional, otro poquito por amor propio. 

         Finalmente, llegamos arriba del todo, empapados de sudor por el calor y el esfuerzo, pero satisfechos de haber cumplido. En la entrada, el portero fue muy amable aunque repitió en tres idiomas que no podíamos pasar. Teníamos un vale de entrada para todos los museos y templos, pero parecía ser que teníamos que haberlo canjeado por un billete de verdad. ¿Dónde? ¡Abajo, por supuesto! En la entrad, al lado del aparcamiento…

          La idea de bajar y volver a subir era inconcebible. Volvimos a calzarnos y nos sentamos, furiosos, al lado de los niños que cuidaban los zapatos que los visitantes dejan a fuera por respeto y obligación. Nos miraban con curiosidad, sin entender porqué habíamos subido tantas escaleras si no queríamos entrar. Podíamos leer en sus ojos que los turistas eran bichos muy extraños.

          Empezó entonces la escena que iba a dejar la huella más calida en nuestras memorias. Tres niños se acercaron. Ninguno tenía más de diez años. No pedían nada, sólo nos miraban. Nelson que se deja domar por todos los niños, articuló su nombre apretando el índice contra su pecho. Acto seguido, con el dedo, señaló a los niños preguntando con la mirada cómo se llamaban ellos.

          Las tres respuestas llegaron a la vez. Delante de tanto entusiasmo, sacó un lápiz y ofreció la palma de su mano para que los niños apuntaran sus nombres. Espontáneamente los escribieron con mucho esmero en inglés. Luego, a petición nuestra, lo hicieron en cingalés, con esa caligrafía tan hermosa que caracteriza su idioma.

          La magia del encuentro (un bonito regalo del azar) había vencido nuestro mal humor.  ¿A qué venía tanta mala leche si nos sobraban tiempo y ganas para conocer y aprender? Y mientras Nelson recibía su primera lección de cingalés intentando copiar la ortografía de su nombre, bajé a sacar los billetes con el corazón muy ligero.

                                           Copyright texto y foto: Nelisa