9 Fotos que valen más que palabras Cuéntame tu viaje
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La (Sagrada) Familia
Dicen que los hijos sueñan con superar a sus padres. Subir escalones en la jerarquía social, ganar más dinero, disfrutar más de la vida, ser mejor persona. Lo que sea para igualarlos y conseguir algo más. A lo mejor, lo mío fue viajar más que mis viejos. Recuerdo con envidia una foto de ellos mezclada con una montaña de postales en una caja de zapatos. Aparecían los dos posando delante de un antiguo coche descapotable con el mar en el fondo. Estaban en Córcega y la foto tenía gran poder de evocación: el coche de alquiler, el paisaje mediterráneo, mis padres enamorados, la ropa de los años 50, todo excitaba mi imaginación. Ese viaje a Córcega lo hice también, sola y en ciclomotor. Supongo que para cumplir una promesa inconsciente. A mi padre le encantaba organizarnos semanas de viajes culturales. Dos años seguidos, nos tocó visitar los castillos del Valle del Loira. Un lujo muy pesado para una menor de diez años que tenía alergia a las visitas guiadas (es que cuando los guías adoptan ese tono de voz monocorde que les caracteriza, resultan aburridísimos). Muchos años más tarde, volví a ver las torres señoriales de Chambord, Chenonceau y Cheverny para un reportaje sobre los malabarismos económicos de los dueños de castillos históricos (el arte de vivir como un rey cuando las arcas están vacías). Pero aquella vez, los vi desde un helicóptero, lo que suponía un plus con respeto a mis recuerdos de niñez. A mi madre, le encantaba el mar y el sol. Solíamos engordar las caravanas de coches que bajaban del norte de Francia hacia la Costa Brava. Escaseaban las autopistas y el viaje duraba dos días enteros. A pesar de la aparición de la radio en los coches, solía cantar con mis hermanas hasta agotar nuestro repertorio musical y la paciencia de los adultos. Entonces empezábamos a jugar a contar coches. Ganaba la primera que veía pasar diez coches del color previamente elegido. Sigo pensando que estos juegos que no se compran son los más divertidos. Durante muchos años, el destino final de nuestros viajes fue Pineda de Mar. Buscábamos el calor y como todos los europeos del norte sedientos de vitamina D, al segundo día ya estábamos más rojos que los cangrejos. Por la noche, salíamos a tomar una horchata o un granizado. El domingo el ritual veraniego nos llevaba a la plaza mayor donde se bailaba la sardana. Una vez a la semana, servían paella en el menú del hotel. A la tercera semana, deseaba con ansia volver al cole. Una vez fuimos a Barcelona con unos amigos catalanes que solían veranear en Pineda. Nos enseñaron el barrio gótico, el parque Güell y la Sagrada Familia. Traduciendo literalmente, decían la Sacrée Famille lo que para nosotros significaba más o menos ¡”menuda familia”! Yo pensaba que lo decían con ironía ya que las torres del templo de Gaudí parecían derretirse bajo el sol. Hubiera podido volver de vacaciones, pero hice algo mejor: me mudé a Barcelona. Dejar de ser una turista fue un paso adelante. Copyright texto y foto: Nelisa
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