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Jaque al Viaje

                        La Rioja profunda

 

     Pasé una semana en la Rioja. Una semana en la cama de un hospital. Fue una manera muy radical de conocer a los Riojanos.

     Habíamos empezado el reportaje por el pueblo de Laguardia. Un techo de nubes negras amenazaba con arruinarnos el día pero la tempestad inminente propinaba una luz excepcional. Distraída por el paisaje, me caí en una alcantarilla destapada en un parque aparentemente inofensivo. Negligencia municipal. Me fastidiaban los pleitos y no me querellé nunca con el ayuntamiento aunque hubiera ganado. 

    Tres costillas rotas y una perforación pulmonar me catapultaron a Logroño en plena época de San Fermín. Los hospitales estaban a rebosar de aficionados mal heridos. Las salas de urgencia parodiaban la serie televisiva producida por Spielberg sobre este tema. 

    A pesar de todo, me atendieron de maravilla aunque tuvieron que colocar una quinta cama en el pasillo de una habitación donde no había lugar ni para los convalecientes. Un par de días postoperatorios imprescindibles y daban de alta a los más vigorosos. 

    Los familiares oficiaban de enfermeros improvisados. Con sus sillas, montaban barricadas entre las camas y nos velaban. Mientras tanto, Nelson seguía trabajando. Cada noche, entre bodegas y monasterios, me hacía llegar los ecos de la Rioja turística. 

    El séquito de visitas era un poema burlesco. Un campesino trajo unos chorizos a su esposa recién operada. Los devoró. Un chaval bien intencionado se burló de nuestros avisos y ofreció coca cola a su madre diabética. Le gustó. Un fumador empedernido nos mareó a todas con un puro maloliente. Se sorprendió.

    Los amigos se turnaban para contar de pe a pa los chismorreos del vecindario. Obligada a escuchar, me sentía indiscreta, como si hubiera espiado sus vidas no por el ojo de una cerradura sino por el marco de una puerta abierta de par en par. 

    Recuerdo a un señor muy culto que utilizaba el condicional después de la conjunción “si”. Según él, era un modismo lingüístico de la Rioja. Si lo habría sabido antes, hubiera dedicado menos horas a estudiar el uso del subjuntivo en la lengua castellana. 

    De todas las impresiones mezcladas, recuerdo sobretodo que la gente era abierta, espontánea y muy cordial. Hasta tal punto que la promiscuidad se hacía amena. Así que cuando tuve que escribir el artículo que iba a acompañar las fotos de Nelson, no tuve reparo en pedir a algunos riojanos afincados en Barcelona que me ayudaran a compensar mis ausencias in situ creando una extensión humana del viaje. 

    Me hablaron de las rutas babosas de los caracoles entre las huellas de los dinosaurios; de las trompas de los clientes que hacen la gira de los bares en el Sendero de los Elefantes; y también de los carteles de tráfico que anuncian la proximidad del ganado y se confunden con los anuncios de las corridas festivas. 

    A penas conocía la Rioja, pero reconocía la jovialidad de un pueblo que había intimado conmigo.

                                           Copyright texto y foto: Nelisa