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Jaque al Viaje

Un oso muy mono

      
       Los niños de habla inglesa llaman “teddy bear” a sus ositos de peluche. Cuando lo supe, por boca de mi primer profesor de inglés, decidí tener uno para que durmiera conmigo. Tengo que explicar que este profe, a parte de ser guapo, se llamaba (fonéticamente) igual que “oso” en inglés. La coincidencia era una invitación demasiado tentadora.

Para seducir a mi ídolo, me volqué en el estudio del idioma de Shakespeare y empecé a patalear para poner en práctica mis conocimientos en los países de la corona británica.

Había nacido mi amor por los idiomas y mi vocación de viajera.

Mandarme a estudiar inglés en un convento fue idea del profe osito. A mí no me agradó nada, pero a mis padres mucho. Ya estaba dispuesta a hacer concesiones para cambiar de horizontes. Años más tarde, repetí la misma experiencia lingüística pero en un colegio “como Dios manda”: un curso de verano donde apenas se habla inglés fuera de las aulas. Tenía mucho morbo.

Después de la selectividad, pasé un mes en los Estados Unidos, en una familia que aceptaba recibir a extranjeros de la edad de sus hijos. Me disgustó que, en el avión, los formularios de entrada preguntaran si utilizaba desodorantes. Hay poca diferencia entre oler demasiado bien y oler mal. No tarde en darme cuenta que la burguesía vehicula los mismos fantasmas por ambos lados del Atlántico. Las culturas, a veces, se diferencian por costumbres puramente folclóricas.

Para perfeccionar mi inglés, aproveché un verano de vacaciones para trabajar en Escocia. Era una insípida faena de administrativa. Sólo recuerdo que hubiera podido ser una experiencia linda si me hubieran pagado (nunca entenderé porqué las prácticas deben ser obras benéficas) y si hubiera entendido algo mejor el idioma local. Los escoceses son sin duda gente más abierta que los ingleses pero hablan un idioma más cerrado.

Siguiendo mi cruzada lingüística, decidí ir a trabajar a Londres. Ilegalmente, por supuesto. Inglaterra se resistía a entrar en el Mercado Común (el antepasado de la Unión Europea). Reclamaba un trato especial. Los ingleses son así. Nunca quieren hacer las cosas como los demás. Lo de conducir a la izquierda, por ejemplo. ¿Sabes de dónde viene? De los caballeros que tenían sus espadas enfundadas del lado izquierdo. Para evitar que chocaran sus armas, se cruzaban del otro lado, dejando pasar por su derecha.

Una beca universitaria me dio la oportunidad de vivir seis meses en Canadá (en la parte anglófona del país, por supuesto). La provincia de Ontario me conquistó. Hacía frío y nevaba de verdad. El invierno no era un simulacro. La gente también me parecía más auténtica, menos atrapada en sus principios.

Un día, por ejemplo, le pregunté a mi casera a quién pensaba votar en las próximas elecciones.

- “No lo sé”, me contestó, “todavía no he ido a escuchar lo que proponen los candidatos”.

A los oídos de una persona que venía del Viejo Continente donde uno vota derecha o izquierda por tradición o inercia más que por convicción, su respuesta sonó como una lección de civismo.

Viajando se aprende.  

                                              Copyright texto y foto: Nelisa