9 Fotos que valen más que palabras Cuéntame tu viaje
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Ojo con el fotógrafo
Viajar con un fotógrafo no es un regalo, sino un reto. A los amigos, por supuesto, se les cae la baba de envidia.
- ¿Seguro que Nelson no
necesita a un ayudante? ¿A alguien para llevarle las maletas? Sirvo para todo. Vigilo sus espaldas cuando trabaja, por si un ladronzuelo quiere aprovechar su concentración visual. Le despierto minutos antes de que salga el sol por si la vista por la ventana del hotel merece un disparo. Le hago sombra cuando el parasol de su cámara no alcanza para tapar un contraluz. Llevo la cuenta de los carretes e intento frenar su entusiasmo cuando se le despierta la vena creativa. Voy “de locomotora”. Organizo la ruta sin perder vista sus intereses. Excluyo los museos donde las fotos están prohibidas. Veto las comidas durante las horas fetiches de luz rasante. Selecciono las fiestas al aire libre par evitar las luces artificiales que son las pesadillas de los fotógrafos. Declino las invitaciones para espectáculos poco rentables gráficamente. Rechazo las excursiones a pie pensando en los kilos de material que se arrastran en los chalecos. Las “fotos de la discordia” (así, llamamos nuestras peleas profesionales) son el pan de cada día. Los fotógrafos odian las intromisiones, aunque cuatro ojos valen más que dos, digo yo.
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¿Has visto eso? ¿No
te gusta A pesar de las ondas negativas, insisto.
- Mira que es un
lugar histórico. ¿No quieres fotografiarlo? Bueno, donde manda capitán, no manda marinero. Entre mis tareas de “socia”, llevar las relaciones públicas es lo que más me gusta. A menudo, por motivos lingüísticos, me toca presentarnos. Explico que somos periodistas y que venimos de Barcelona. Solicito colaboración para una foto. Pido luz a un cura para iluminar su iglesia, una mirada a un tendero para personalizar un puesto de artesanía, una sonrisa a una pareja para dar el retoque final a un paisaje idílico. Me entusiasmo y me paso de la raya. Paro a la gente más variopinta en medio de la calle. Llamo a las puertas de las casas pintorescas en busca de presencia humana para sacar una foto personalizada. Interrumpo conversaciones para pedir retratos. Mendigo tiempo y paciencia. Un minuto, por favor, y otro, y otro, hasta que Nelson asegure su trabajo. A veces, apunto una dirección por si queremos devolver los favores que nos hacen con unas fotos. De vuelta en casa, me esfuerzo para no defraudar y recordar que lo prometido es debido. No disfruto hasta ver las diapositivas reveladas. Hasta el final, una pizca de angustia se me pega al corazón por temor a un descuido: un pelo de barba caído en la cámara, un fallo mecánico que haya pasado desapercibido durante el viaje, un error fatal a última hora en el laboratorio durante el proceso de revelado. Por suerte, la era de la foto digital lo ha simplificado todo. Antes, entre prisas y nervios, lo peor siempre era posible. Sólo me tranquilizaba a la hora de redactar los pies de fotos cuando sabía que todo había salido bien. Luego me arrimaba al ordenador, me ponía a escribir y empezaba a viajar en solitaria. Copyright texto y foto: Nelisa
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