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Jaque al Viaje

                    Todo sobre rueda                                             


      Pinchar dos ruedas a la vez es todo un récord. El semáforo acababa de pasar a verde. Arranqué muy suavemente sin ver la doble acera que caracteriza las calles danesas (un carril para peatones y otro más bajo para bicicletas). La mala suerte quiso que hubiera un trozo de hormigón incrustado en la vereda. Era tan puntiagudo que un simple roce a velocidad de caracol bastó para desinflar instantáneamente las dos ruedas del lado derecho.

    Hay países donde el estado precario de las carreteras, las grandes distancias y la prudencia aconsejan llevar dos ruedas de repuesto. Dinamarca, sin embargo, no encaja con ninguna de estos casos. ¡Qué mala pata! Caminando desde las afueras de la ciudad, alcancé una gasolinera. Pretendía pedir que nos ayudaran a reparar las ruedas  in situ. El mecánico lo veía de otra manera. Prefería remolcar el coche y arreglarlo en el taller.

    No había manera de ponernos de acuerdo cuando recordamos que era un coche de alquiler. Tenía que haber una sucursal de la compañía de alquiler en la ciudad. La llamada telefónico duró cinco minutos y no tardaron más de cinco minutos en traer un coche nuevo justo donde nos habíamos quedado clavados. Daba gusto comprobar la calidad del servicio técnico.

    En España también somos capaces de hacer maravillas, sobretodo humanas. Lo comprobamos el año en que Jaca presentó su candidatura para los juegos olímpicos de invierno. Habíamos ido a hacer un reportaje relámpago en las estaciones de esquí. La idea era juntar material por si los Pirineos salieran victoriosos.

    Desgraciadamente, una fuerte nevada nos sorprendió en las pistas. Era una buena oportunidad para sacar fotos de paisajes nevados pero había que darse prisa. La cosa se podía poner fea ya que la carretera de acceso a la estación era un enredo de curvas. Todo se iba a transformar en una gran pista de hielo y ¡no teníamos cadenas!

    Por la caravana de coches que se había formado en un abrir y cerrar de ojo, estaba claro que más de un conductor opinaba lo mismo. Con suma prudencia, bajamos todos en fila india, observando con preocupación cómo la carretera se iba cargando de polvo húmedo.

    Casi habíamos alcanzado el fondo del valle. La nieve se amontonaba y las luces de los coches y a reflejaban placas deslizantes. En un tramo de bajada, un recodo muy cerrado puso en alerta al chófer de un autocar que decidió parar para poner las cadenas.

    "¡Ya la cagamos!," pensamos enseguida. Y así fue. El chófer del autocar demoró cuarenta minutos en ajustar todas las cadenas lo que acabó de congelar el tráfico. Cuando por fin se desbloqueó el camino, ya era tarde. A la primera subida nos quedamos patinando a lo loco. Nosotros y muchos más.

    Un solo coche circulaba debidamente equipado. Con uno de estos increíbles gestos de solidaridad que dan piel de gallina, desmontó sus cadenas y las prestó una y otra vez para que los demás coches pudieran franquear el obstáculo de la subida empinada. La verdad es que sólo para vivir este momento, valió la pena quedarse atascado. Al final, por supuesto, se cansó, se disculpó con los que quedaban atrapados y siguió su camino.

    Por suerte otro buen samaritano se apiadó y me llevó al pueblo siguiente a comprar cadenas. El caos circulatorio era total y sugieró un querido villancico: noche blanca, noche de paz....

                                                        Copyright texto y foto: Nelisa