9 Fotos que valen más que palabras Cuéntame tu viaje
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México D.F. (Distrito Funesto)
Septiembre del 1997. La tasa de delincuencia en México Distrito Federal es escalofriante. La televisión local anuncia 658 delitos al día. Seamos realistas, siendo 22 millones de habitantes, sólo en la capital, el balance podría ser peor. Además, mi opinión es el fruto de una experiencia fortuita. Nada comparado con los esfuerzos de centenares de personas que trabajan (bien) y viven (mal) del turismo. Lamento de veras que México D.F. me haya dejado tan mala impresión. El viaje había empezado más que bien. Pero el placer intelectual de seguir las huellas de Cortés desde Veracruz, la fruición visual estimulada por las pinturas murales de Diego Rivera y sus discípulos, el goce físico de escalar a gatas los vertiginosos templos aztecas, el disfrute gastronómico orquestado por las especias que hacen arder las papilas gustativas, el deleite casi místico delante de la boca humeante del Popocatepelt en alerta amarilla, todo se desvaneció por culpa de la angustia de pasar un día en la capital. Admito que, por suerte, no pasó nada. Pero el miedo se apoderó de mí y lo fastidió todo. Nuestro guía repetía que “más vale prevenir que curar”. El periódico anunciaba en primera plana que “los Estados Unidos advierten a los turistas que van a México que no confíen en la policía y los taxistas”. La Secretaría del Ministerio de Turismo reconocía por la radio que era prudente apuntar el número de matrícula del coche antes de subir en un taxi… La advertencia se refería a los pequeños taxis que pululan en México capital: los escarabajos verdes. Los llaman escarabajos como todos los coches Volkswagen del mismo tipo, y son de color verde porque van equipados de un dispositivo ecológico destinado a menguar la contaminación. Suena más bien simpático pero sólo disponen de dos puertas que encierran al cliente en el asiento de atrás donde se registran la mayoría de los atracos. Circula la anécdota de una señora que estaba en un taxi, escuchaba por la radio testimonios de víctimas de asaltos en los transportes públicos, cuando el taxista le dijo con una buena dosis de sadismo: “Mire, qué coincidencia, hoy precisamente le toca a Usted ser desvalijada”. Exhortan a la prudencia en el autobús. Lo mismo en el metro. Tampoco apetece caminar. Parece que no son de fiar los lugares vacíos y que los sitios concurridos resultan igualmente sospechosos. Recomiendan ir con cuidado en las zonas turísticas, a proximidad de los hoteles e incluso en los museos donde uno se arriesga a recibir un disparo si no suelta su reloj con bastante celeridad. ¿Alguna otra solución para los turistas? A parte de los viajes organizados que cargan y descargan sus hordas de visitantes en los puntos cardinales de la ciudad, sólo quedan los taxis acreditados por el Ministerio de Turismo. Forman colas de coches de lujo que esperan, a las órdenes, a la entrada de los grandes hoteles. Salen más caro pero la tranquilidad no tiene precio cuando la idea del peligro (real o imaginario) se vuelve obsesiva. Copyright texto y foto: Nelisa
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