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Jaque al Viaje

                   Por amor al viaje                       

 

En los primeros años de Interrail, alrededor de los años setenta (estoy hablando del siglo XX), los jóvenes que viajaban con este popular pase de ferrocarriles podían recorrer libremente casi toda Europa occidental, durante quince días o un mes, por un precio razonable. Tenía mucho éxito.

La primera vez que lo compré, di mil vueltas por Gran Bretaña, ahorrándome los albergues siempre que podía. Visitaba Londres de día. Cogía un tren de noche hasta Edimburgo. Dormía estirada sobre los asientos vacíos, o a veces en el suelo. Al día siguiente me pateaba toda la capital escocesa. Luego, para ir a Glasgow, daba un rodeo increíble por Londres, contando siempre con los trenes nocturnos para descansar.

Para los pequeños recorridos dormía en las salas de espera de las estaciones ya que los empleados dejaban en paz a los viajeros que querían coger un tren en plena noche. Las duchas y la comida eran lo de menos. Lo esencial era viajar barato, conocer a gente nueva, descubrir paisajes y sentirse libre.

Más que satisfecha con mi primera experiencia, aproveché Interrail otro año, aquella vez rumbo a Grecia. Atravesé Francia, Suiza, Italia y la antigua Yugoslavia esquivando a los revisores libidinosos que se pavoneaban en exceso delante de las rubias. Alguien me recomendó Tesalónica y finalicé mi ruta en el único albergue de esta ciudad griega.

En aquel entonces, Tesalónica era una puerta hacia Turquía, una especie de última frontera para los más aventureros. Los trotamundos intercambiaban experiencias, direcciones, avisos y antídotos. Los equipos de supervivencia encontraban nuevos dueños. Los que volvían contaban historias escalofriantes para desalentar a los que salían hacia el oriente. Ni caso les hacían, por supuesto, marchándose más animados aún.

En realidad, todos pasaban por Tesalónica para vender litros de su propia sangre sin correr el riesgo de pillar una mala infección. La única pega, decían los más insensatos, era que limitaban las cantidades. Más al este, la sangre se cotizaba mejor, pero la falta de higiene era un verdadero peligro.

Al cuarto día de mi estancia, tuve que cumplir con la regla de todos los albergues y buscarme otro alojamiento. Una escuela aceptó que durmiera una noche en el hall de entrada. No recuerdo qué rollo les había soltado pero estas cosas aún se podían pedir sin vergüenza. No éramos tantos locos sueltos como para asustar a las almas benéficas.

A la semana siguiente, me tocó devolver el favor con creces. Así van las cosas: recibes de uno, devuelves a otro. Boludeando por la ciudad, tropecé literalmente con un compatriota al borde del agotamiento. Estaba sentado en la acera, desesperado, sin un duro, casi sin sangre en las venas. Ya había renunciado a pedir ayuda. Le regalé el dinero que necesitaba para regresar a casa y nunca volví a saber de él. Espero que haya hecho buen uso de su golpe de suerte.

Yo también me había quedado sin blanca pero tenía la vuelta asegurada, en tren, claro está.

                                           Copyright texto y foto: Nelisa