9 Fotos que valen más que palabras Cuéntame tu viaje
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Cara de indio
No sé lo que es peor: viajar sin ver o ver sin saber. El viajero se expone al peligro de ser un testigo ocular que se forja una opinión personal y luego generaliza de vuelta a casa. Ha visto la punta del iceberg y tiende a extrapolar abusivamente. Si alguien intenta razonarle repetirá que él sabe muy bien de qué va porque ha estado allá y lo ha visto con sus propios ojos. Es una reacción humana. Así nacen los estereotipos que cantan que llueve a menudo en Inglaterra, que París es una ciudad cara, que los alemanes trabajan mucho o que los españoles hablan castellano. Afirmaciones muy ciertas sin lugar a duda pero hay que matizar. El hombre del tiempo afirma que al año, puede caer más agua en Barcelona que en Londres, aunque todo de golpe, eso sí. En París, una copa de vino vale menos que un agua mineral. Según las estadísticas, los alemanes trabajan un promedio de ¡cinco horas al día! En cuanto a los españoles, ahora se sabe un poco más que a parte del castellano, también hablan catalán, gallego o vasco. En el otro extremo están los que se obsesionan con lo que saben. Están convencidos de que la India es un abismo de miseria y se catapultan ciegamente a Bombay o Calcuta sin tomar el tiempo de visitar el interior del país donde la pobreza es más digna. Quieren comprobar que Andalucía es el país de la canícula y recorren la autonomía en pleno mes de agosto, caminando sin sombrero después de las comidas. El viaje, evidentemente, no sirve más que para reforzar una convicción establecida a priori. Y cuando la realidad se hace frustrante, resulta fácil caer en la tentación de hacer la vista gorda. Nos cautivan más los austríacos que llevan pantalones de cuero, los zulús en pie de guerra, los mariachis con sombreros mejicanos y los maories que sacan la lengua para asustar al enemigo. Resulta más fotogénico. Como muchos, caímos en la trampa. Una serie de retratos indios nos llevó a Lorette, el pueblo de los Hurones, en la provincia de Quebec. Al constatar que todos eran rubios con ojos claros fuimos al consejo de la tribu para informarnos. “¿Dónde viven los Hurones? “preguntamos con ingenuidad. “Aquí somos todos indios”, contestaron con sonrisas indulgentes. Luego nos explicaron que los jesuitas que cristianizaron a sus antepasados les prohibieron casarse entre ellos, borrando, generación tras generación, los rasgos distintivos de los hurones. Me mordía la lengua para no ser ofensiva y no me atrevía a comentar que necesitábamos una “cara de indio” para contar la historia del pueblo. A mí me parecía que un joven con la piel lechosa y los ojos azules explicando que tenía una octava parte de sangre india podía ser visualmente impactante, pero sabía perfectamente que los editores gráficos prefieren las fotos más tópicas. Nuestros
anfitriones fueron muy comprensivos y nos enseñaron el archivo de la
tribu con la foto y la dirección de todos los miembros. Tragándonos la
vergüenza, elegimos a hurones físicamente “típicos”. No se pusieron las
plumas del Pow Wow pero sí aceptaron hacer el indio para nosotros. |
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