9 Fotos que valen más que palabras Cuéntame tu viaje
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Del otro lado del estrecho
La primera vez que crucé el estrecho de Gibraltar fue para una entrevista fotográfica con el deportista Said Auita, en Casablanca. Conseguir la cita supuestamente concertada de antemano fue una odisea. El número de teléfono del corredor-campeón olímpico era un auténtico secreto de estado. Para averiguar su dirección, hablamos con los espectadores que andaban por los estadios. Un hombre muy elegante se ofreció a servirnos de intermediario para localizar a “su amigo Said”. Acto seguido nos convidó a una copa. Nos llevó a un bar de moda donde se fue sin pagar. ¿Se había descuidado o nos quería estafar? Al ver luego cómo se apoderó de la propina que habíamos dejado en la barra, se esfumaron nuestras dudas. Después de cazar con éxito al record man mundial, fuimos presa de un simpático grupo de adolescentes desinhibas (las chicas lo son cuando “pirañean” en grupo). Estaba claro que querían ligar con Nelson. Con las manos, me hacían mímicas preguntando por cuánto se lo vendía. Me pareció muchísimo más divertido que el clásico trueque de una mujer por un camello… La agresión siguiente fue la llegada de una manada de turistas. Estábamos comiendo en un chiringuito de la medina. Con el dedo habíamos apuntado un plato en el escaparate y con los dedos el camarero nos sirvió las sardinas pedidas. De repente, al igual que los animales del bosque se callan ante una amenaza, toda la gente que nos rodeaba enmudeció. En silencio, miramos pasar el curioso convoy de hombres empuñando fuerte sus cámaras y de mujeres aplastando sus bolsillos contra su pecho. Hacían mucho ruido, demasiado ruido. Casi se podía olfatear su malestar. Me hubiera gustado tener tan buen olfato el día que nos atacó un perro a la puerta del Sahara. Había vuelto a Marruecos aquella vez de guía acompañante en un viaje organizado. Nuestro guía local había propuesto una breve pausa para ver de cerca una carpa de nómadas. Muy seguro de sí mismo, repetía que sus dueños eran gente amable y hospitalaria. Nos invitó a bajar del autobús para saludarlos. Sólo se olvidó de añadir que cuando una tienda está vacía, más vale no molestar al perro guardián. ¡Demasiado tarde! La fiera irrumpió como un cohete y clavó sus colmillos en la pantorrillera más cercana. Al guía local le hizo mucha gracia la mordedura. Se burló del riesgo de tétanos y se enfadó cuando se pidió una inyección antitetánica. Argumentaba que el grupo no tenía tiempo para tonterías. Con mala leche, nos llevó a un pequeño dispensario que disponía de UNA jeringa sucia para curar todos los males. Muerto el perro se acaba la rabia, canta el refrán. Muerto el hombre, se acaba la infección, advierte el sentido común… Copyright texto y foto: Nelisa |
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