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Jaque al Viaje

Dulce hogar

 

       - ¿A dónde vas este verano? 
       A partir de abril brota en las calles esta pregunta que anuncia las grandes migraciones estivales. Algunos buscan ideas, otros sólo un pretexto para hacer lucir sus propios proyectos. Unos se lamentan por la lejanía del acontecimiento, otros ya disfrutan.
       - ¿Y vosotros, a dónde vais? Preguntan los amigos con cierta curiosidad.
       - ¿Nosotros? Nos quedamos en casa, por supuesto.

No es que nos hayamos hartado de viajar, sólo que necesitamos un respiro. Volver a las rutinas tan evidentes como hacer una cama, cocinar, limpiar; disfrutar del placer de saber cómo funciona una ducha sin tener que tener que pelear con los grifos; salir a la calle sin necesidad de agarrar un plano; olvidar las pesadas mochilas llenas de material fotográfico para andar ligeros de peso; visitar un museo por gusto y sin prisas; hablar con la gente de manera desinteresada sin pensar en armar un reportaje. En resumen, nos aliviamos del stress que, al fin y al cabo, de esto tratan las vacaciones.

Después de tanto viajar, la vida sedentaria es una gozada, aunque la mente nunca esté quieta. Las noticias cogen una dimensión tridimensional. Si se habla mínimamente de un país donde hemos estado, la noticia nos traslada de inmediato en el lugar nombrado. Los lugares se visten de recuerdos y cogen un relieve extraordinario. La gente involucrada, aunque desconocida, nos parece algo familiar.
      Nos sentimos más curiosos. El sencillo periódico nos vuelve a abrir una ventana sobre el mundo exterior. Buscamos en las columnas más cortas algún eco que pueda evocar las ciudades que visitamos. Al igual que cuando uno se hace un amigo, crecen las ganas de seguirle la pista para compartir su vida.
      Los documentales constituyen otra fuente de placeres. Ver y aprender se transforman en aventuras intelectuales, y reconocer un rincón del mundo pellizca la vanidad (para qué censurar esta íntima onda de satisfacción que nos hace vibrar al pensar en los caminos recorridos).

Sin hablar del lujo de viajar en un sofá con un libro o un mando a distancia en la mano. Conservamos las ideas claras lejos de la movida del viaje. Nos relajamos del perpetuo miedo al robo. No dejamos escapar las oportunidades irrepetibles obsesionados por los gastos. Tampoco nos sentimos frustrados por nuestras carencias lingüísticas.

Sin embargo, la actitud positiva del viajero nunca desaparece. Salimos a admirar la ciudad en la cual vivimos con la mirada curiosa del turista. Participamos en las fiestas como si fueran inéditas. Charlamos con los vecinos sin dobles intenciones. Re-descubrimos nuestro entorno caminando sin metas profesionales.
      “Nunca se va tan lejos como cuando no se sabe dónde se va”, dijo Cromwell.
       Pero a corto o a largo plazo, el gusanillo del viaje vuelve a despertarnos y carcome nuestra tranquilidad.

Jaque al viaje, pero nunca mate.

                                                 Copyright texto y foto: Nelisa