9 Fotos que valen más que palabras Cuéntame tu viaje
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Congelación
El salar de Uyuni, en el altiplano boliviano, es una de las maravillas del mundo que todo viajero que se respecta tiene que ver una vez en su vida. En el suelo quebrado se repite hasta el infinito la forma geométrica de un símbolo químico, como si el agua, atrapada en otra dimensión, pidiera oxígeno para respirar debajo de la gruesa capa salina. La falsa impresión de pisar un lago helado es tan grande que sorprende el tacto cálido de la sal. Regresábamos del Hotel Playa Blanca, un pequeño iglú cúbico hecho con panes de sal en medio del salar. (Dicho de paso, la ruta muy accidentada hacia Potosí es otro nirvana del viajero.) El viaje había durado todo el día, alargado por un pinchazo que se había complicado y nos había inmovilizado más de la cuenta. Nuestro retraso involuntario nos iba a costar un pequeño susto en Potosí. El chofer había avisado que habría follón a la llegada. La mina ya no valía un Potosí, la ciudad periclitaba de manera endémica y nadie movía un dedo. Así que los sindicatos habían convocado un día de “paro cívico”: una huelga general que amenazaba con sellar los accesos a la ciudad. El bloqueo se hizo patente al ver la larga cola de coches, camiones y autobuses que se había formado en el último tramo de la carretera hacia Potosí. Nuestro hotel estaba en las afueras pero del otro lado de la ciudad. La poca luz que quedaba entre las montañas iba siendo absorbida por la noche. Sin decir palabra, el coger decidió arriesgarse. Antes de quedar paralizado por la caravana de vehículos, giró el volante rumbo a la montaña y se alejó de la barrera humana. Apagó las luces del todo terreno y sorteó un precipicio a ciegas avisando en voz baja de que si los huelguistas nos detectaban vendrían a por nosotros y pincharían las cuatro ruedas. Reteníamos la respiración. Bajo la luz de la luna, ya se adivinaba el puente que conducía al hotel. Desgraciadamente, el ruido del motor nos había delatado y los piquetes de huelga habían notado nuestra presencia. Podíamos adivinar que se estaban juntando para impedirnos el paso, pero hicieron un mal cálculo. Convencidos de que intentábamos salir de la ciudad, cerraron el camino equivocado. Y antes de que pudieran darse cuenta de su error cruzamos el lecho del río en dirección al centro. A la mañana siguiente, el espectáculo era dantesco. Algo parecido a un éxodo masivo. Hombres y mujeres cargados hasta la cabeza subían lentamente la cuesta de cinco kilómetros que les separaban del corazón de la ciudad. Habían pasado la noche en los autocares y la espera se había hecho eterna. Además, la mercancía que algunos venían a vender en mercado se estaba echando a perder. Los chavales habían empezado a hacer negocio. Unos empujaban fuerte sus bicicletas a las cuales habían enganchado carritos para trajinar fruta y verdura. Otros llevaban carretillas medio escondidas bajo un montón de paquetes. Los que carecían de medio de transporte y sólo alquilaban la fuerza de sus brazos volvían a bajar con patines para ganar tiempo y conseguir un cliente más. Fueron los únicos en trabajar durante este largo día de paro cívico.
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