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Jaque al Viaje

                            El canto de la sirena

 

Quizá piense que los cines de Perpiñán prosperaron durante la época franquista sólo debido a la censura española. Que la comunidad internacional gay se siente a gusto en Sitges sencillamente porque nuestras leyes son más tolerantes que otras. Que Tailandia y Cuba encabezan la lista de los países receptores de turismo sexual exclusivamente por su voluptuoso cóctel de sol y sexo barato.

        Sería menospreciar la magia de la distancia combinada con el mito del extranjero. Produce efectos afrodisíacos muy potentes que rompen los moldes y disuelven las inhibiciones.

        Cuando tuve edad de escaparme legalmente, viajar a dedo fue una de estas fórmulas hechizadoras. Alzando el pulgar en la dirección adecuada, se viajaba sin prisas, descubriendo de paso a gente insospechada. Si se dejaban los prejuicios en casa, se podía ir muy lejos en una relación de corta distancia.

        Las desilusiones sin embargo también viajan. En los años setenta, las playas nudistas tenían fama de ser una buena meta para experiencias nuevas. Agde, al sur de Francia, figuraba entre las más populares. Pero la realidad no hacía honor a la fama del lugar. Casi me echaron por abrazar a fuego lento a un compañero, a la luz del día. Había pecado por ingenuidad imaginándome que uno se podía quitar la ropa y los principios puritanos al mismo tiempo.

        O sea: desnudos, sí; desahogados, no. En aquellos tiempos, las historias de margarina para nalgas de celuloide ya dejaban indiferente a todo el mundo. Dar señal de excitación en público volvía a despertar viejos tabús. Había que seguir buscando e ir más lejos para transgredir las normas con el corazón ligero.

        A primera vista, los estudiantes parisinos, lo tenían más fácil para acceder al mercado del amor que se negociaba en el barrio de Clichy, alrededor del Moulin Rouge. Pero parecía demasiado cercano. Aún olía a azufre. Es sabido que cruzar más y más fronteras ayuda a traspasar las barreras interiores.

        La mayoría de los inexpertos estaban convencidos que el sexo era mas sencillo en tierra lejana. Nada se podía comparar con Ámsterdam, por ejemplo, donde los holandeses oficiaban como los gurús de la tolerancia europea. Estrechar una mano o acariciar un pene eran dos opciones comparables para conocer a la gente. Sonaba muy lindo pero era todo un engaño. In situ, los sueños eróticos se reducían a galerías de prostitutas expuestas detrás de las ventanas del barrio rojo. Algo no cuadraba.

        Algunos subían hasta Dinamarca en pos de revolución sexual. Con las bajas temperaturas se multiplicaban las relaciones amorosas fríamente calculadas. En el albergue de Copenhague, las parejas tenían una habitación reservada si querían hacer el amor. Todos juntos, sobre un suelo de goma que iba de pared a pared, compartían la oscuridad y los gemidos contenidos. Era necesario reservar 24 horas antes para tener sitio donde gozar legalmente.

Demasiado prosaico. Quien buscaba vida tropezaba con una libido canalizada. Sólo quedaba el consuelo de ir a despedirse de la Sirenita de Andersen que no cantaba para nadie.

                                             Copyright texto y foto: Nelisa