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Jaque al Viaje

Del blanco y negro al color

 

Pocos  meses después de la elección de Nelson Mandela en Sudáfrica, pudimos darnos el gusto de visitar el país, “al fin y al Cabo”.

En el avión de ida, los británicos y los holandeses que visitaban regularmente a sus familiares confirmaban que los paisajes eran tan diversos como bellos. Pero, “¿quién podía ir a un país gangrenado por el aparheid sin respaldar el sistema?” preguntaban algunos. “Sin hablar de la imposibilidad de disfrutar sin culpa”, añadían. “A parte de mover la economía, el turista es una pieza en el tablero político”, sentenciaba la mayoría.

Al margen del descubrimiento turístico, el viaje iba a permitirnos tomar la temperatura social del país.

En Johannesburgo, nos apabulló el terror fóbico que reinaba entre los blancos. Para cruzar de la entrada del hotel a la puerta del ascensor de la torre panorámica, nuestro guía se negó a pasar por la galería interior sin llamar a un guardia de seguridad.

Tampoco aceptó parar el coche un segundito delante del edificio en forma de diamante para sacar una foto. Y eso que no había un alma a la vista, pero… si hubiéramos avisado antes… decía el guía,…entonces, a lo mejor… escoltados por la policía urbana… otra vez, quizá.

Poco a poco, sin embargo, los blancos más alterados iban recobrando el sentido común. Habían vuelto de sus escondites europeos al ver que los negros no habían degollado a todos los blancos en una ola de venganza apocalíptica provocada por el final de la segregación racial institucional.

A pesar de ello, el temor a los robos se hacía agobiante. En el Rovos Rail, el tren de lujo que nos llevó al parque Kruger, insistieron en que dejáramos las cortinas cerradas durante las paradas predicando que “lo que los ojos no ven, el corazón no anhela”.

Más al sur, en Durban, la megaciudad india en el corazón sudafricano, un guía local, de etnia india, nos invitó a cenar con unos amigos blancos y unos colegas negros. La tensión que se adivinaba en filigrana ponía de manifiesto el carácter inhabitual del encuentro con lo cual la tertulia resultó chocante en más de un momento:

- “Por fin podremos disfrutar de las playas reservadas a los negros”, exclamó un comensal que opinaba que eran unas de las más bonitas de Durban.

- “Con las nuevas leyes de discriminación positiva, dan los puestos a los negros aunque detrás de cada funcionario hay un blanco o un indio para hacer la faena”, comentaba otro invitado molesto.

En el curso de la conversación, nos enteramos de que era la primera vez que nuestros huéspedes recibían a conocidos de raza negra. Era sin duda un bonito ejemplo de la posible influencia social de los turistas.

       Aún más al sur, en las tierras secas del Karoo, el director de cine Jans Rautenbach, nos acercó a otro tipo de normalización social. Desde Oulap, su casa privada que abre a los turistas, nos hizo visitar una escuela de pueblo donde los niños de todos los colores aprendían juntos el alfabeto.

Jans afirma que no se puede desligar la belleza de un paisaje de las virtudes de un pueblo. Gracias a su manera tan personal y humana de concebir el turismo, colgó las montañas Swartberg en un lugar muy especial de nuestro corazón.

                                           Copyright texto y foto: Nelisa