9 Fotos que valen más que palabras Cuéntame tu viaje
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Animaladas
Les tengo mucho cariño a las vacas. Para mí evocan la total libertad de movimientos de la cual gozaba en la granja de mis abuelos durante las vacaciones de mi primera infancia. A la abuela le dolió mucho cuando tuvo que vender sus vacas y resignarse a comprar leche pasteurizada como todo el mundo. No podía creer que un litro de leche saliera tan barato en una tienda. Así que cada vez que veo un bonito paraje con vacas, sugiero una foto (entre Austria, Suiza y Saboya son divinas), y la mirada de Nelson me recuerda que puedo ser más pesada que vaca en brazo. Para él, las vacas tienen más encanto reducidas a tiras de asado. Hay que ir a América del Sur para ver el ganado bovino a gran escala. Los carnívoros afirman que allí la carne sabe a carne de verdad. Visitando una estancia uruguaya abierta al turismo, sin embargo, tuvimos una experiencia que nos quitó el apetito. La peonada tenía encomendada carnear una vaca. No fue el capataz, ausente, el responsable de elegir el animal a sacrificar. Así que, por equivocación, mataron una vaca preñada. La sorpresa fue general cuando la cría asomó la cabeza entre las entrañas destripadas. Nadie podía dar crédito a lo que veía. El ternero, ya bien formado, yacía en un mar de sangre caliente. Nadie chistó, y sin más, lo echaron en el chiquero donde los chanchos, repugnantes de suciedad, se lo comieron vivo. Más que una costumbre, parecía ser una medida improvisada para esconder un error de novatos… El día había sido fuerte en emociones rurales. Unas pocas horas antes, paseando por las tierras del rancho, habíamos encontrado una oveja a punto de morir en un intento fallido de parir. La dilatación del útero no había sido suficiente para expulsar al cordero que se había quedado atrapado. Con el tiempo, el útero había vuelto a su estado original, estrangulando al cordero moribundo cuya cabeza bailaba en el trasero de su madre. El pastor intentó vaciar a la madre pero el esqueleto del pequeño ya no tenía paso. Sin vacilar, sacó su cuchillo y, de un golpe seco, decapitó el cadáver. Luego llegó a tiempo al galpón para operar la oveja y librarla de su carga letal. Más escalofriante fue la agonía de muchas vacas en el Chaco paraguayo en el año de sequía extrema que correspondió a nuestra visita. Hacía meses que las lluvias se hacían esperar y las llanuras no acababan de verdecer. Las reservas de heno se habían agotado. Muchas vacas, al borde del agotamiento, habían empezado a comerse las hojas de los arbustos que provocan los abortos naturales.
Tenían que caminar kilómetros para
encontrar pasto entre los puntos de agua que los granjeros alimentaban
lo mejor que podían. Cuando el animal sucumbía al cansancio, caía al
suelo y esperaba la muerte. Lo pitejos locales estaban al acecho y las
vacas gastaban sus últimas fuerzas a quitarse a los buitres de encima.
Vencidas por los urubúes, antes que por la muerte, miraban indefensas
cómo los pájaros negros les rasgaban el culo para devorarles lentamente
las tripas. El suplicio duraba lo que el corazón aguataba. |
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