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Jaque al Viaje

Susto amazónico

     

 

Habíamos pasado un día fenomenal en la Amazonia boliviana visitando comunidades autóctonas con un grupo de voluntarios de nuestro “flotel”. La Reina de Enín era un barco-hotel que paseaba perezosamente a los turistas por el río Mamoré. Dedicaba parte de sus beneficios a ayudar a los indígenas, si se lo pedían. 

En el pueblo de Villa El Carmen, trajeron un horno para hacer objetos de alfarería que se vendían a los turistas. También ayudaron a construir la gran choza de una escuela donde un niño colgó el siguiente poema para su maestra:

Mi señorita.
        Es tan linda mi señorita,
        Que se parece a mi mamita.
        Nos da su amor,
        Nos da el saber,
        Y nos enseña también a leer. 

La visita de aquel día se alargó más de lo previsto. Habían renovado el material sanitario para evitar que el cólera, endémico en esta zona, segara más vidas, y tuvieron que explicar una y otra vez cómo usarlo eficazmente. 

Cuando salimos del pueblo, casi era de noche. Había que apurarse. Nos esperaba una larga ruta en una lancha desprovista de luces, por un río sinuoso, lleno de bancos de arena tramposos y de troncos flotando a la deriva.

- No hay que preocuparse, nos dijo un miembro de la expedición. El piloto conoce su faena. De todas formas ¿sabéis nadar, no? 

Así  que la lancha podía volcar en cualquier momento. En la casi total oscuridad, pensé en todo el material fotográfico que teníamos. Más de cuarenta carretes hechos en Bolivia. Había sido un viaje precioso y no quería volver las manos vacías por culpa de un baño forzoso. 

Luego recordé las bromas de la tripulación sobre los “lagartitos”.Así llamaban a los cocodrilos enanos del río. En un flash mental, vi los dientes de las pirañas que habíamos pescado y comido el día anterior; me acordé de los casos de desaparición atribuidos a las anacondas constrictoras; pensé también en el cólera. No me apetecía nada tomarme un traguito de esta agua sin hervirla. 

- Claro, que sabemos nada, contesté, pero…

Mas valía no insistir. Empezaba a notarse que la lancha había reducido su velocidad. De pronto se acercó a un punto de luz en la orilla donde dos alemanas habían plantado una tienda de campaña. Hubo una breve charla y el piloto les compró gasolina. ¡Así, que por encima, nos estábamos quedando sin combustible! 

En un segundo se esfumó mi confianza en el piloto. Quería quedarme con las chicas, a salvo, en tierra firme. Pero me callé, aunque sin saber porqué. Volvimos al peligro del río y seguí callada mucho tiempo, hasta ver, a lo lejos, la luz móvil de otra lancha que venía a nuestro encuentro. ¡Ya nos estaban buscando en el fondo del agua!

                                            Copyright texto y foto: Nelisa