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Grandes Viajes

Uruguay: San Gregorio de Polanco

 

En la copa del hombre, un caldo rojo recuerda la existencia, poco conocida, de los vinos uruguayos. Una bonanza turística que tiene su lejano origen en la llegada de los españoles que introdujeron la viña en la Banda Oriental del Uruguay. A lo mejor, brinda por el éxito del camping municipal que acoge a los veraneantes en pos de parrilladas en plena naturaleza.  

Al lado del bebedor silencioso e inmóvil, tres hombres que tienen pinta de poco amigos desentonan con el espíritu lúdico del camping. El trío da la espalda al río Negro donde los amantes de deportes acuáticos aprovechan el lago artificial creado por la presa de Rincón de Bonete, que dejó aislado a San Gregorio del resto del país y redujo a cero su actividad fluvial.

 Los extraños protagonistas de esta escena estrambótica animan una pintura mural protegida por un inmenso tejado de caña. Nadie ni nada aclara el misterio de su presencia. Pero aquí no se acaban las extrañezas pictóricas de San Gregorio de Polanco.

Bajo una cornisa azul, dos angelitos dorados plasmados con las alas desplegadas untan de pintura frambuesa la ventana de una casa amarilla.

 En el portal vecino, una bicicleta oxidada descansa apoyada contra una fachada llena de manchas y signos dedicados a Miró.

En el colmado de la esquina, una paloma de óleo que lleva un mensaje escrito en el pecho (“Todo está vivo como un sol que vuelve a nacer”) parece volar hacia la gasolinera donde un tanque con lunares blancos y negros no se acaba nunca de llenarse de combustible.

 En frente, una carabela bidimensional resiste a las intemperies que van borrando, poco a poco, una plegaria en defensa de los nativos americanos. Es que estamos en el departamento de Tacuarembó, una región que vivió uno de los episodios más trágicos de la exterminación de los indios charrúas.

 Al pie de otra elucubración artística, un hombre está tomando mate. Se nota que es de carne y hueso porque la mano que aguanta el termo se mueve regularmente para llenar de agua la calabaza que contiene la hierba que sabe a América del sur. A petición del visitante, cuenta por enésima vez la historia del museo al aire libre que ha hecho de San Gregorio de Polanco una etapa privilegiada en todos los viajes turísticos por la Bando Oriental del Uruguay.

Cuando los lugareños se hartaron del declive paulatino de su pueblo, se reunió el consejo municipal para buscar una salida a la crisis. Sus miembros se estrujaron el cerebro y después de hartas deliberaciones, parieron una idea novedosa: llenar la calle de arte.

 Por unanimidad, decidieron convidar a unos cuantos talleres nacionales a que utilizaran las paredes del pueblo como un gigantesco lienzo. Sólo pidieron que se presentaran tres bocetos a los inquilinos de las casas para que cada uno pudiera elegir el proyecto que más le gustase. Al fin y al cabo, eran ellos quienes iban a convivir con las obras de arte.

En abril de 1993, el plan se hizo realidad. Cincuenta artistas trabajaron en la realización de los veintisiete murales que dieron inicio al primer Museo Abierto de Artes Visuales del país. 

Y donde no llegaron los profesionales, los vecinos cogieron los pinceles para dar un empujón decisivo a la economía de San Gregorio, que se ha transformado en un lugar encantador.

                                                     Copyright texto y foto: Nelisa