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Túnez: Chott el Jerid
Túnez esconde una inmensa laguna de agua saturada de sal en medio de un paisaje estéril de arena desnuda. Es el salar Chott El Jerid. Sus 250 km. de largo y 20 de ancho están divididos en dos por una larga carretera rectísima construida con fines militares en la época de la ocupación francesa. Rompiendo la monotonía de la travesía, se suceden tres puestos de venta de muñecas de trapo, rosas del desierto y cristales de roca. El tercer puesto es propiedad del “Hombre del Desierto”. No esconde su apellido pero prefiere que lo llamen así. Este lugareño es una leyenda. Fue el primero en instalar sus tenderetes en el salar, incluso antes de que construyeran la actual carretera. Su rostro, quemado por el sol, respira orgullo y sus ojos brillan de picardía cuando logra asombrar a los turistas atentos a sus relatos. Les voy a contar por qué nuestra gacela del desierto es el símbolo de la belleza suspendida entre el cielo y la tierra”, susurra a la pareja que bajó de un vehículo todo terreno. “Hace mucho tiempo, el desierto era un paraíso lujuriante. Allí vivía una princesa muy bella, más bella que la Luna, que se llamaba Flor de Manzanilla. Por desgracia, su belleza hizo arder de amor el corazón de un brujo que le pidió su mano. La princesa se la negó y para vengarse, el brujo decidió transformarla en gacela, reduciendo su jardín a un desierto de desolación. Por ello se lee en la mirada de la gacela toda la nostalgia del paraíso perdido”. “Para ver gacelas de verdad,” añade, “hay que seguir en dirección a Tozeur y Nefta, las puertas del Gran Sur.” Copyright texto y foto: Nelisa
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