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Grandes Viajes

          Dubrovnik, la estrella croata

  

Bañada por el Adriático, la ciudad de Dubrovnik custodia la estrecha punta de Croacia. Esta estrella plateada de noche y dorada de día, es una maravilla arquitectónica. Es imprescindible dar la vuelta completa a las murallas para disfrutar del doble espectáculo del brillo del mar por fuera y el del arte, por dentro.

     Cada treinta minutos, el reloj de la torre de la plaza Sponza toca la hora y la repite tres minutos después para los despistados. Dicen que el tiempo es dinero y la verdad es que en Dubrovnik, el dinero siempre ha mandado.

Los jugosos beneficios del negocio de la sal con los turcos permitieron a esta ciudad-estado vivir una época de esplendor y la bonanza económica tuvo sus repercusiones sociales: no se podía profesar otra religión que la católica pero a los judíos, reconocidos en Croacia como maestros en el arte de negociar, se les permitió reunirse y vivir en una calle llamada “La calle de los judíos”.

La riqueza y el bienestar general asentaron también la justicia. Sin necesidad de recaudar impuestos ni de armar ejército, los nobles elegían a un consejero supremo cada mes para evitar los abusos de poder que engendran las largas estancias en los altos cargos. Estaba prohibido levantar estatuas para no fomentar el culto a la persona. “Primero lo público, luego lo privado” era una regla aparentemente acatada por todos los políticos. Por lo menos es lo que cuentan los guías de la ciudad de Dubrovnik. ¡Ojalá fuera cierto y, de paso, ojalá los reyes magos existieran!

Por si todo eso fuera poco, afirman  que Ulises ayudó a construir la segunda catedral de la ciudad, destruida a su vez por un terremoto. Según la leyenda local, el héroe mitológico hubiera prometido levantar un altar a la Virgen si Dios le perdonaba la vida en una terrible tempestad, probablemente desencadenada por el yugo, este temible viento del sur que trae mal tiempo y dolor de cabeza. Finalmente, Ulises llegó felizmente a Dubrovnik donde los habitantes supieron convencerle de que más valía participar en la construcción de una obra grandiosa que conformarse con una humilde iglesia (conociendo las cualidades dialécticas de los habitantes de Dubrovnik, no cuesta imaginar que Ulises se dejara convencer sin dificultad).

En realidad, y sin lugar a duda histórica, Dubrovnik fue un punto de encuentro estratégico entre latinos y griegos, bizantinos y eslavos, turcos y europeos, sin hablar de su gran rivalidad comercial con Venecia cuando Colón todavía no había descubierto las rutas comerciales hacia el Oeste. A pesar de la invasión del imperio otomano, nunca perdió su autonomía política, negociando siempre con mucha habilidad su derecho a comerciar en libertad.

“Somos muy listos”, explica un ciudadano de la antigua República de Dubrovnik. “Siempre supimos compaginar los beneficios mercantiles con Oriente y los intercambios culturales con Occidente. El secreto reside en el arte de negociar y en el precio que uno está dispuesta a pagar para conservar su libertad”.

                                              Copyright texto y foto: Nelisa