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Grandes Viajes

Canadá:  El carnaval blanco de Quebec

 

      Rio, Venecia, Cádiz, no faltan ciudades para evocar la locura del carnaval. La ciudad de Québec, sin embargo, se ha apuntado a la lista. Tiene un arma secreta: el frío. Es la capital más  nevada del mundo con cuatro metros de nieve al año. Bonito récord.

      Aunque les cuesta salir de sus hogares calentitos y de las ciudades subterráneas paralelas (las grandes redes comerciales), los quebequenses quieren demostrar que el calor nace de la diversión y que el placer de la fiesta no tiene porqué ser proporcional a la temperatura exterior.

       La idea es sencilla: hacer lo que apetezca con lo que haya. Es una vieja fórmula que garantiza el éxito.

      ¿Quieren hacer vela? (Los velistas nunca renuncian a cruzar el San Lorenzo). Se acercan al puente de hielo que les une a la isla de Orleáns, y surcan alegremente el brazo helado del río evitando chocar con los “paraesquíes”, los trineos con perros, los carros tirados por caballos y las motonieves.

        Habitualmente, los perros y las motos se esconden en los bosques para ladrar y rugir a gusto. Pero no habría fiesta en Québec sin ellos. Hasta los fanáticos de la pesca blanca que suelen aislarse en sus cabañas plantadas en medio del río, salen de su letargo y abandonan sus escondites.

        ¿Quieren “calzar” canoas? (Las canoas son en Canadá como las bicicletas en Holanda: un goce cotidiano).Llaman a un par de rompehielos y hacen pedazos al río frente al castillo Frontenac. Luego se tiran al agua, esquivan los témpanos gigantes o deslizan sobre ellos, une pierna arrodillada dentro de la canoa, la otra patinando afuera. También lo hacen en tierra firme, para entrenarse. Verles navegar por los senderos de los llanos de Abrahán resulta muy surrealista.

         ¿Quieren bañarse? Practican quince minutos de gimnasia para calentar el cuerpo, se desnudan en la trastienda de la fiesta y se echan a correr para zambullirse en una piscina llena de nieve. Luego se ponen las gafas de sol y se estiran en unas tumbonas fingiendo saborear la caricia del sol. A los diez minutos de esta actuación descabellada, desaparecen, cagados de frío pero satisfechos.

          ¿Quieren subirse por las paredes? (De alegría, por supuesto.) No tienen montañas aptas para la escalada en este lado de América del Norte. Pero sí una inmensa caída que lleva treinta metros de ventaja a la catarata del Niágara. Los costados, húmedos y helados, proporcionan una pared de hielo idónea para treparse.

          Con afán deportivo y artístico, los quebequenses reclaman también obras de arte para su carnaval. Quieren rivalizar con los disfraces, las máscaras y las murgas de otras ciudades en fiesta. Pues, hacen venir artistas internacionales durante una semana y les invitan a esculpir un bloque de nieve de veinte metros cúbicos. Nacen, entonces, una diosa india poco friolera, un reloj del tiempo congelado, un detective escudriñando la nieve, y muchas obras abstractas viñeteadas sobre el azul del cielo y las murallas de la ciudadela.

           A la postre, el Hombre de Nieve (la mascota del Carnaval que lleva el cinturón tradicional de los indios), sirve copitas de caribú (un aguardiente de sabio de arce) y preside los desfiles nocturnos para, acto seguido, abrir los bailes populares al grito de “Vive el carnaval de Québec”.

                                             Copyright texto y foto: Nelisa