Como primera imagen de lo que luego espera,
nada menos que la fachada impresionante de El Tesoro. Unos metros
antes, las parejas se cogen de la mano emocionadas, los grupos
guardan silencio, los pasos se aminoran hasta conseguir que, como un
telón que estuviera descorriéndose, los dos abismos de piedra vayan
aumentando el hueco y dejen paso al escenario.
Por mucho que se haya visto, que se haya imaginado, que
se haya soñado, la primera visión de la fachada terrosa y rosada de
El Tesoro con sus relieves carcomidos por el tiempo, la lluvia y el
viento, sus columnas corintias, sus hornacinas que contienen esbozos
de figuras, sus capiteles... todo ello ganado pacientemente a la
piedra por manos nabateas deja un poso de asombro difícil de
superar. Un buen conocedor de estas tierras, Lawrence de Arabia, lo
expresó sabiamente: «Nunca sabrás qué es Petra realmente, a menos
que la conozcas en persona».
Porque en Petra, en la inmensa ciudad que es Petra, con
sus más de 500 tumbas que decoran las paredes rojizas del valle, lo
que priman son las emociones más que el asombro arquitectónico o el
misterio de su origen. Si esto es una ciudad ¿dónde están las
viviendas? La luz escoge caprichosa su tonalidad, siempre en la gama
de los rosas, decorada con vetas amarillas, blancas, verdes,
naranjas y grises. Piedras que en pequeños pedazos venden los niños
que persiguen al viajero, polvos de nueve colores naturales con los
que habilidosas manos crean diminutos dibujos en el interior de
botellas, un arte que comenzó Mohamed Abdullah Othman en la década
de los 60 cuando tenía 10 años en el interior de una ampolla de
penicilina y que hoy sigue su hermano Hussein y unos cientos de
pacientes artistas más.
En el recorrido por la ciudad, que algunos hacen a
caballo, en calesa, en burro o en camello, salen al paso la Tumba de
la Seda que destaca precisamente por el color de su fachada, así
como la Tumba Corintia se distingue por la bella combinación de sus
elementos clásicos y nabateos. La de la Urna, que posteriormente fue
transformada en una iglesia bizantina, contaba con una habitación
inmensa en su interior, que quizás servía de triclinio para festejos
funerarios.
Pero la mejor forma de recorrer Petra es caminando
lentamente, con un buen repuesto de agua y un sombrero que proteja
del implacable sol. Hay que reservar las fuerzas, porque en el tramo
final espera la caminata de una hora hasta el colosal Monasterio
--de formas parecidas al Tesoro, pero mucho mayor--, una tortuosa
ruta excavada en la roca, con más de 800 peldaños. Desde allí se
domina el magnífico paisaje de riscos y quebradas y se vislumbra el
impresionante desierto rocoso que rodea a Petra.
Poco de lo
que ahora contempla el viajero pudo disfrutar el primer occidental
que penetró en Petra, el joven explorador suizo Johann Ludwig
Burckhardt, quien tardó tres años en labrarse la confianza de las
tribus árabes que merodeaban por la zona, aprendió árabe, vestía
como un beduino, se convirtió al Islam y adoptó el nombre Ibrahim
Ibn Abd Allah... Todo para estar un único día en medio de este
paraíso y poder reflejar escuetamente en su diario: «Si mis
conjeturas son ciertas, este lugar es Petra». Era el 12 de agosto de
1812.
Enviado por
Enrique Sancho (01-06-08)