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Hospital sirio

                                      

 

     Aquesta moza enmuletada que veis paseando por Apamea (Siria) es mi amiga Marianne. No, no penséis que lo suyo es una historia de esfuerzo y superación digna de “estrenos TV”, lo suyo es simplemente mala pata. Os cuento: 

     Llegamos a Alepo el sábado 31 de julio del 2004. Para quien no lo conozca, en Alepo apenas llueve, pero las aceras son de unos 50 ctms de alto. Íbamos, pues, tranquilamente buscando hotel cuando en una esquina, Marianne se torció el tobillo y se cayó de bruces. Nos rodeó toda la clientela del puesto de falafel de enfrente y visto que mi amiga se quejaba amarrándose el tobillo, un señor mayor dijo perentoriamente algo a otro más joven que salió disparado. El más joven se llama Mustafa (sin tilde y acento en la primera A, que es palabra llana y no aguda) y al momento apareció con una furgoneta diciendo :”¡maristan, maristan!”. Nuestro precario árabe da como para saber que maristan es hospital, asi que montamos con nuestras mochilas y allá que nos fuimos al maristan. 

     Al llegar, al lado de la puerta estaban unas camillas en fila y Mustafa, sin pensarlo dos veces montó a Marianne en una, y visto que otra familia que llegó más tarde hizo lo mismo, comprendimos que las camillas eran “self service” cual carrito de super.

     Una vez dentro Mustafa abrió la puerta de una salita en la que había varios señores con bata blanca. Después de un pequeño intercambio de frases Mustafa empujó la camilla hacia otra puerta. A todo esto yo, totalmente despistada, siguiendo la camilla como un perrillo a su amo. Abrió otra puerta y nos dijo que pasáramos mientras él salía. Al rato volvió con otro ser con bata blanca que estiró la pierna doliente de Marianne hacia una especie de pantalla de rayos X. Le dio la radiografía a Mustafa y volvimos a la primera puerta, donde nos esperaba otra bata blanca.

     No sé si es en todas las urgencias sirias, si en las de finde (¿ya os he dicho que era sábado a la mañana?) o es privativo de este hospital, pero los médicos permanecen en espera en varias salitas y cuando llega el enfermo, sus acompañantes buscan uno.

     El caso es que ya nos habían encontrado el adecuado para nosotras: uno que había estudiado en la URSS (sí en la URSS, no en Rusia) y estaba casado con una ucraniana, es decir, HABLABA EXTRANJERO, como nosotras (no os riáis, os recuerdo que los “padres” de nuestra civilización decidieron que todos los que no hablaran griego eran bárbaros). Hombre, a nivel de lenguas estábamos a la par, él sabía tanto español como nosotras ruso y nosotras tanto ucraniano como él euskera.

      Después de mirar la radiografía dijo algo y el bueno de Mustafa salió corriendo otra vez. Volvió con una especie de vendas que resultaron ser escayola. El médico empezó a enyesar a Marianne bajo la atenta mirada de “nuestro ángel de la guarda”, que enseguida vio que difícil no era y decidió ayudar. Mal no lo haría cuando el médico se cruzó de brazos y le dejó rematar la faena. Por los gestos entendimos que Marianne no debía pisar con ese pie en varios días.

     Dejamos la camilla donde la cogimos y cuando Mustafa nos dice: “¿funduq?” yo le digo el primer nombre que viene en la guía. 

     Tenemos suerte, el hotel es céntrico, limpito, barato y parece recién reformado. Por 75 dólares la noche tenemos: salita con tresillo, dos sillones, mesita, televisión y terraza, más dormitorio con tres camas, dos armarios y cuarto de baño con ¡bañera! Al día siguiente a las ocho descubrimos el inconveniente: claro que nuestra habitación está recién reformada como que la han terminado hace dos días y ahora estaban con la habitación de al lado. 

     En fin, la noche anterior salí a por algo de cena y explorando el barrio no sólo descubrí el cine de las pelis S y unos xauermas baratitos sino la calle de las farmacias. 

     Visto que nos han tocado diana las 8, desayunamos y salimos toda pizpiretas, dispuestas a comprar unas muletas en alguna de las farmacias. Cogemos un taxi y así como podemos le vamos indicando: yamin (derecha), yazar (izquierda), nishan (recto), bueno vale, en realidad fueron como tres calles tampoco es tanto mérito, hasta que llegamos casi a la farmacia; el único problemilla era que desde donde estábamos, la acera de la farmacia era dirección contraria, cosa que parece que no preocupa a nuestro taxista que se dispone a cruzar. El munipa que lo ve se acerca:  ¡“Oiga usted”! Pero cuando el conductor le señala la pierna escayolada, el agente de la autoridad detiene todo el trafico para que nosotras descendamos como dos señoritas en la puerta misma de la farmacia. 

     Dentro de la farmacia, nuestro árabe no es suficiente para pedir muletas y así de entrada conseguimos que nos ofrezca un surtido de pastillas que no estamos muy seguras para qué son (analgésicos suponemos). Por fin, a alguno de los mancebos se le enciende la bombilla y nos trae una muleta. ¡Eso sí! Ahora queremos otra igual, “eznin” (dos) decimos y nos traen otra de niño. “¡No, de niño no, más grande!” y nos traen una inglesa (ya sabéis modelo John Silver el Largo), no una francesa como la otra. El farmacéutico no entiende porque nos empeñamos en querer dos, y además iguales, si él está dispuesto a hacernos precio por las dos que nos llevemos. Bueno, nos sigue sacando todo lo que tiene en el almacén ... hasta que aparecieron estas de la foto (doradas con contera y posabrazo amarillo fosforito) discretas a la par que elegantes y juveniles. 

     Desde la farmacia nos fuimos al puesto de falafel a saludar a Mustafa e intentar agradecer su ayuda más cumplidamente. Todavía no es su hora de trabajo, pero el señor mayor nos saluda con toda simpatía, nos invita a falafel y llama por teléfono a su nieta que sabe algo de inglés. La cosa va así: el señor mayor le dice algo a la nieta y le pasa el auricular a Marianne, la nieta traduce la frase, Marianne la contesta y pasa el auricular al venerable patriarca y así jugamos un rato de “desde Córdova a Sevilla”. Por fin aparece Mustafa que sin parar la furgo nos hace señas para que subamos. Y nos hace una tournée turística por las murallas y las siete puertas de Alepo, es que pobrecillas, seguro que no hemos visto ná.  

     Pasamos unos días en Alepo, que aprovechamos para ver los alrededores Qalat Lozi, Ebla, Bara, Sirguila, Qasar Warden ..... y en cuanto Marianne se hizo a las muletas seguimos viaje, al fin y al cabo yo tengo dos manos y las bolsas con ruedas son fáciles de manejar. No, en ningún momento nos planteamos volver antes ¿por qué íbamos a hacerlo? 

     Ah! El 31 de julio es el día que nos tocaba ir a a la policía a renovar el visado...pero eso os lo contaré otro día. 

     PD: Los doctores del hospital provincial de Gipuzkoa reconocen que es uno de los mejores enyesamientos que han visto.

                                                                    Enviado por Arantza y Marianne (18-07-08)
 

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