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El camino de Santiago por Alfonso Biescas (2)

                                                                                                                             

Villafranca del Bierzo - O Cebreiro (2ª parte)    

     Según avanzo, el día se va poniendo peor, más feo. La verdad es que ya por la mañana estaba regulón. Pero ahora se está poniendo de decorado de tragedia griega. Sólo falta Zeus liándose con los rayos.

     Pero bromas y exageraciones aparte, el tiempo va para horrible. Ya no es lluvia sino aguanieve y según avanzo, cada vez más nieve y menos agua. Y va cuajando. Si se me hace de noche, va a ser digamos que interesante la llegada. Veremos en qué acaba. Que lo bueno de las películas de aventuras es no saber qué va a pasar después. Bueno, en las de amores también es así. Pero no es lo mismo.

     En cuanto me meto en el primer sendero endemoniado que tira para O Cebreiro, el campo está completamente blanco. Y el camino también. Siguiendo mi costumbre, doy un buen par de resbalones y uno me lleva al suelo con mochila, bastón e ilusiones. Allí acabamos todos, pero una vez más no ha sido más que un revolcón con ligeras quemaduras de rodilla. Eso me pasa por torpe. Y por ir con pantalón corto y sin rodilleras.

     Cuando alcanzo las alturas, próximo ya al final de etapa, la nieve cubre totalmente el camino y hay que adivinarlo. Da un poco de repelús el perderse en un día como este y pasar la noche a la intemperie. Sería un mal final de etapa. Así que esmero la atención.

     Se me hiela la sangre cuando en un recodo del camino veo una oveja devorada. Queda la cabeza, la columna y extremidades. Y las lanas. Todo ensangrentado. Y huellas que no me atrevo a decir si son de perro, lobo o...

     Recuerdo lo que mi familia me dijo, que por causa del frío las fieras estaban bajando al valle. Se me vuelve a helar la sangre, pues como siempre he afirmado, soy aventurero pero menos.

     Recuerdo mis escasísimos conocimientos sobre los lobos y adopto una postura triunfante, arrogante y de seguridad, pues parece ser que sólo atacan al hombre en estados de extrema necesidad y siempre buscan al más débil. Así que trato de adoptar la imagen más imponente que puedo, yendo ya muy cansado. Me pongo a silbar, no sé si para afianzar esa imagen o para vencer el miedo, que me pondría a correr si la mochila no me pesara tanto a estas alturas.

     La tarde cae deprisa, muy deprisa y es casi oscuro cuando llego a las primeras casas de O Cebreiro. Me siento para respirar y suspirar. Respirar porque me falta el aire dado el ritmo que he marcado desde la oveja. Suspirar porque no puedo evitar pensar de la que me he librado.

     Aunque puestos a pensar, yo de ser lobo, buscaría un peregrino menos seco, aunque llevara las pantorrillas tapadas. O mejor aún, una peregrina joven y tierna. Porque sin ser machista ¿cómo era el cuento de Caperucita? Con una señorita. Pues eso.

     Al llegar al refugio me encuentro con que un colegio lo ha copado. Me quedo un poco perplejo, pues tanta soledad en este bullicio me desconcierta. Me sacan del shock mis amigas Hjördis y Tina, que dicen que han cogido un cuarto y me han reservado litera. Gracias.

     Pregunto por mi amiga danesa y me dicen que está en la ducha. Espero a que salga y le guiño un ojo. Me sonríe con agradecimiento. Si todos los favores fueran tan fáciles como este y te los pagaran con una sonrisa tan maravillosa, mejores seríamos.

     Me encuentro con Christian, que ha llamado un taxi para ir a Piedrafita, al cajero, que se ha quedado sin dinero. Me dice de acompañarlo y allí me voy con él. Mientras se entretiene en la máquina, me quedo con el chofer en el 4x4 que hace de taxi por estas tierras. Se está caliente y siempre se aprende algo de las gentes del lugar. Al poco vuelve Christian y me comenta que no le va ninguna de sus tarjetas. Me pide ayuda. No dudo en ofrecerle lo que pueda, pero sabiendo toda la picaresca que por el Camino hay suelta, le digo que confío en él. Que las 10.000 ptas. que le dejo no son nada en una vida, pero significa mucho que quien crees que es tu amigo, te las quite. Que obre según su conciencia, que la mía queda limpia.

     De vuelta me meto en un mesón a cenar. Coincido allí con cinco valencianos que van haciendo el Camino con coche de apoyo, durmiendo en hoteles, fondas y pensiones. Sentados en mesas próximas, comentamos vicisitudes y experiencias hasta que empieza un partido de fútbol. Juegan el Valencia contra un equipo alemán. Me prometen un orujo por cada gol de su equipo. Sigo cenando tranquilo, que a mí esto del fútbol no me preocupa.

     El problema es cuando, uno tras otro, he de beberme los cuatro chupitos que me tocan por haber metido el Valencia cuatro golazos. Como los tomo separados, según van marcando goles, la cosa es más suave, pero cuando he de salir, llevo una tajada impresionante. Que se me han subido y aunque puedo pensar, la cabeza y el equilibrio me flojean. Y para colmo ha caído una helada histórica. Así que llego al refugio como puedo, tras varios resbalones y un 360º que ya lo quisiera yo para mí en una ola.

     Mañana voy a caminar con mochila y resaca, los tres juntitos.

 1ª parte

Más relatos en www.biescasvignau.com
 

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