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Cataluña: Montblanc
El kilómetro y medio de muros que ciñen el núcleo histórico de Montblanc, cerca de Tarragona, constituye el elemento arquitectónico más vistoso de este Conjunto Monumental y Artístico. Las murallas fueron construidas en parte con las piedras de un castillo desaparecido que yacía en lo alto de un cerro pelado cuya virginidad vegetal justificaba la apelación de monte blanco - el mont blanc-. Arriba de este podio natural que corona el actual recinto amurallado, tres escalones conducen al mirador del Pla de Santa Bárbara que permite dominar visualmente todo el casco antiguo. En primer plano, se impone la silueta inacabada de la iglesia Santa María la Mayor, una obra notable del gótico ojival de Cataluña. Entre los tejados dorados, se divisan algunas de las treinta y una torres centinelas que vigilan la ciudad. La mayoría están vacías y la ausencia de pared del lado interior al recinto evidencia la técnica sencilla, gestual o vocal, que utilizaban los guardianes de la época medieval para comunicarse de torre a torre. En la torre-portal de San Jordi, sin duda la más conocida de todas, una cerámica recuerda la leyenda de Sant Jordi. Detalla la muerte del dragón que cobraba su tributo de víctimas humanas y recuerda porqué se regala una rosa a todas las princesas, que sean a no de sangre azul, para el día de Sant Jordi, el patrón de Cataluña. Cuando la última lanzada del caballero remató la bestia, en el lugar exacto donde el animal desapareció bajo tierra, surgió un rosal cargado de rosas rojas. Jordi eligió una y la regaló a la princesa que acababa de salvar de un funesto destino. Que el color purpúreo de la flor fuera el de la sangre del mítico monstruo no alteró la interpretación romántica del regalo. En tiempos medievales, países lejanos y misteriosos servían de telón de fondo a la lucha del santo contra el reptil legendario pero, la ubicación del fabuloso acontecimiento se hizo más precisa cuando Anna Valldaura lo situó en tierras catalanas. Luego, Joan Amades mencionó Montblanc como escenario de la pelea en su Costumari Català. Había razones suficientes para motivar el ímpetu creativo de una piña de entusiastas que, en 1988, organizaron la primera Semana Medieval de Sant Jordi a finales de abril del 1988. El hecho de que en 1867, conforme un voto popular, Sant Jordi había dejado de ser el patrón de la ciudad a favor de San Maties quien había salvado la población de una plaga de saltamontes, no tenía porqué aguar la fiesta anual. Copyright texto y foto: Nelisa |
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